“Desde que entré a la universidad he tenido que explicar muchas veces que mi epilepsia no es como en las películas. No me caigo, no me agito. Simplemente me desconecto, pierdo el hilo, me mareo. Pero como no lo ven, me han acusado de desatenta, desinteresada o floja. Me da miedo decírselo a mis profes porque sé que no lo van a entender. Una vez me desmayé y pensaron que solo estaba cansada.”
Este testimonio anónimo revela una de las múltiples formas en que la ignorancia institucional perpetúa la discriminación.
Muchas discapacidades no visibles no se ajustan al imaginario colectivo, por lo que las personas tienen que “defender” su derecho a ser creídas. Esto genera un doble desgaste: vivir con la condición y justificarla constantemente.
Las instituciones deben abrir espacios para escuchar estas voces y adaptar sus políticas a las realidades diversas de su comunidad.
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